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Refrescante contraste de sensaciones. De Tel Aviv a Galilea, por Ana Bustabad Alonso

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Lo que a principios de siglo X eran sólo dunas de arena, es hoy una ciudad llena de vida, de bulevares con árboles, la más animada y cosmopolita del país.

Dos jóvenes cargadas con bolsas de Michal Negrin y Daniella Lehavi caminan entre la multitud que abarrota el bulevar. En la acera, un músico hace sonar la guitarra junto a su perro pequeño, de manchas color café. Enfrente, un escarabajo multicolor -mal aparcado- anuncia zumos de frutas tropicales recién exprimidos.

Mientras, a menos de dos horas al norte, el silencio es casi insultante. Una pareja se deja acariciar por el sol vespertino, y la brisa mueve las flores de color intenso de los árboles desnudos. Frente a ellos, en el lago, dos barcos de madera se cruzan muy despacio.

Tel Aviv y Galilea. Dos postales intensamente refrescantes. Cae la tarde en Israel, donde las sensaciones se suceden y atropellan el alma, en elaborado contraste que atrapa para siempre.

Desde que llega al aeropuerto internacional Ben Gourion de Tel Aviv, el más importante del país, el viajero siente el carácter cosmopolita y acogedor del pueblo de Israel. En contra de la imagen que suelen publicar los medios de comunicación, la vida bulle a borbotones en estas calles de gentes amables y cultas, que saben disfrutar como pocas.

Aquí, los sofisticados controles de seguridad de las aduanas causan menos molestias que en otros muchos lugares y en toda la moderna red de carreteras los indicadores están escritos en tres idiomas -hebreo, árabe e inglés-, por lo que es muy fácil moverse por libre.

Para obtener información detallada sobre el país puede consultarse la web del Ministerio de Turismo o la de la Oficina Nacional Israelí de Turismo en España, con contenidos en castellano. Pero, además, si lo que se busca es un viaje único y no necesariamente caro, la mejor opción es contratar un buen guía oficial que prepare el itinerario a medida.

Menachem Krzywanowsky, -Menno, como prefiere que le llamen- es, sin duda, uno de los mejores. Un excelente cicerone capaz de llevar al viajero por todo el país y descubrirle los lugares más especiales en portugués, inglés, holandés, hebreo o en un dulce español que revela sus raíces uruguayas.

Mucho más allá de los clásicos circuitos de turismo religioso, Israel ofrece en pocos kilómetros un mar de sensaciones refrescantes, tan diferentes entre sí como la tranquilidad absoluta del mar de Galilea del ritmo deliciosamente cadencioso que caracteriza Tel Aviv, a orillas del Mediterráneo.

En pleno centro, de la calle Dizengoff -llamada así en honor del primer alcalde de la ciudad- salen las excursiones a pie por la ruta Bauhaus, el movimiento arquitectónico de vanguardia de los años 20 y 30 del siglo XX que dejó en Tel Aviv su impronta como en ningún otro lugar del mundo. La sede de la Fundación cuenta con una tienda donde comprar libros de urbanismo y arquitectura y objetos de diseño de lo más curioso.

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Los israelíes miran hacia el futuro sin olvidar del todo. En medio del bullicio de la acera, contrasta la sobriedad de un monolito que recuerda el primer atentado que tuvo lugar aquí en 1994.

Desde hace unos años están resurgiendo con fuerza los negocios que huyeron entonces de la zona. Por algo Tel Aviv significa ‘colina de la primavera', el resurgimiento del pueblo judío en su tierra.

Un poco más abajo, en la plaza del mismo nombre, un mimo callejero entretiene junto a la fuente a los numerosos paseantes. Como casi todo el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ésta es una plaza típicamente bauhaus, con sus característicos edificios blancos de tres o cuatro alturas, esquinas redondeadas y belleza funcional.

De los cines que había aquí hace años sólo queda como símbolo el hotel Cinema que, sin ser lujoso, mantiene su encanto y ofrece una situación privilegiada para sumergirse en el bullicio urbano. Bajo la plaza Dizengoff, hoy levantada sobre el tráfico, se celebra un animado mercadillo los martes y los viernes. Por todo el centro, las terrazas están llenas de jóvenes charlando, comiendo de manera informal, mientras otros abarrotan las tiendas de diseños vanguardistas.

Para ir de compras puede uno optar por los centros comerciales o, mucho mejor, por las zonas más céntricas. La calle Allemby es una de las más populares, uno de los ejes principales de la ciudad. También la Nahalat Benjamin, peatonal, la calle Shen Kin, de última moda, o la King George -especialmente movida los viernes-.

Una de las postales más famosas del pasado de Tel Aviv es la de la multitud bailando en la calle el 14 de mayo de 1948, día en que se declaró la independencia del estado de Israel. Hoy, cuando se cumplen exactamente 60 años de aquella fecha, la plaza de la Estrella de David, donde se cruzan seis calles, es el centro neurálgico de la zona comercial. A un paso, el imprescindible mercado del Carmel, donde se puede encontrar prácticamente de todo y a buenos precios.

Lo que a principios de siglo X eran sólo dunas de arena, es hoy una ciudad llena de vida, de bulevares con árboles, la más animada y cosmopolita del país. Al contrario que en otros lugares, aquí merece la pena escaparse del casco histórico para conocer todas las caras de Tel Aviv.

Al norte, en el barrio de Ramat Aviv Guimel, se encuentra la Universidad pública más importante del estado. Como en cualquier zona residencial, los edificios altos y los centros comerciales con terrazas salpican las zonas verdes. Como en ninguna, los niños juegan rodeados por las flores intensamente rojas de los coraldenchos y los cuervos bicolores.

Al otro lado de la ciudad, en la antigua zona del puerto, hasta la vieja chimenea de Reading que ahora marca el límite del perímetro urbano, se encuentran algunos de los restaurantes más de moda en Tel Aviv. Se nota que los israelíes disfrutan comiendo, y que les encanta hacerlo fuera de casa.

Después de cenar, lo más especial es una copa tranquila en la playa de la ciudad que, con el buen tiempo, llena de gente guapa y música chill out la arena.

Si se prefiere algo más trendy, Landen, Atara -el antiguo Blaumilch- o Academya son algunos de los locales donde ver y dejarse ver hasta altas horas de la madrugada.

La impresionante mezcla de culturas y procedencias del pueblo de Israel se refleja, sobre todo, en la gastronomía, que es excelente por todo el país. Cualquier menú comienza con una amplia variedad de mezze -aperitivos- servidos en pequeños platillos, que llenan de colorido la mesa y sorprenden a los paladares más viajeros.

Como en muchos otros destinos, las costumbres religiosas están presentes en la vida diaria. La comida kósher -que observa las normas judías- se puede encontrar en la mayoría de restaurantes. Según la tradición, muchos supermercados no suelen vender cerdo, y separan la zona de lácteos de la de la carne. Eso sí, todos tienen gran variedad de quesos frescos y de productos orgánicos; los israelíes están muy preocupados por la comida sana.

Otro de los productos especialmente apreciados es el café. Por supuesto, lo hay de muchos tipos, pero en general gusta fuerte. De hecho, la influencia de los judíos italianos ha conseguido que en Israel pueda encontrarse un café espresso excelente, comparable a los que se pueden saborear en Italia o Portugal.

En muchos lugares se respeta el sabath -sábado como día santo para los judíos-. Desde el anochecer del viernes hasta el fin del día siguiente, la costumbre y la religión hacen que muchas máquinas dejen de funcionar y dan lugar a situaciones curiosas como ascensores que suben y bajan automáticamente, sin tener que pulsar un solo botón.

Lo mejor de la tradición de santificar el sábado es, sin duda, su influencia en lo culinario. Para respetar el descanso escrupulosamente, se acostumbraba a dejar la cocina de carbón encendida desde la noche anterior, lo que ha dado lugar a una variedad de guisos típicos del sabath que esculpen los sabores a fuego muy lento. También es curioso el pan trenzado, que se suele comer los fines de semana.

Para regar una buena comida, una opción interesante es elegir alguna de las cervezas nacionales, como la Goldstar o la Maccabee, más suave.

Pero si lo que se busca es algo más especial, nada mejor que un Jonathan Tishbi especial reserva 2004, el mejor caldo de Tishbi Winery, una bodega familiar ubicada en el interior, a una hora de Tel Aviv, que hoy produce algunos de los mejores vinos del país.

Desde Zichron Ya'acov, muy cerca del mítico monte Carmel, de donde proceden y toman su nombre las órdenes religiosas de los carmelitas, y donde en 1882 se implantaron las primeras bodegas del país, Tishbi comenzó vendiendo blanco semiseco sólo para el mercado israelí.

Hoy cuenta con Estados Unidos como primer consumidor internacional, y Panamá, Brasil y Europa son algunos de sus mercados emergentes.

Golan Thishbi -ya la quinta generación de bodegueros- ha tomado el relevo de sus padres y produce un millón de botellas de vino kósher al año, de más de veinte caldos diferentes, incluido cognac, y cultiva viñedos por todo Israel. En la bodega, miembro de la Vegan Society, se elabora también una sabrosa pasta de aceituna orgánica y pronto se comercializará aceite de oliva y vinagre.

Mientras, la hermana de Golan ha creado las jaleas de vino, un producto delicadísimo para saborear sólo o como condimento en la cocina. La de Muscat blanca, por ejemplo, marida de forma ideal con quesos o patés. Un buen regalo para llevar de Israel, por su largo periodo de conservación y su presentación impecable.

Puestos a buscar sensaciones y a dejarse mimar, uno de los lugares más especiales para el viajero se encuentra al norte del país, próximo al mar de Galilea.

Una escapada al Hotel & Health farm Mizpe Hayamim supone el contrapunto perfecto tras unos días de compras y ritmo urbano, a menos de dos horas en coche desde Tel Aviv, por el antiguo Camino Real que unía el Mediterráneo con Damasco.

El hotel no destaca por su arquitectura, invisible casi entre vegetación y huertos ecológicos donde se produce todo lo que se come en sus dos restaurantes. ‘Aquí lo esencial es invisible a los ojos'. En cada detalle se aprecia el verdadero lujo. Los sonidos del agua, del viento en los árboles, de los pájaros, dominan esta finca frente a los altos del Golán, a donde se puede llegar incluso por aire, ya que dispone de helipuerto propio.

uenta con eventos diferentes cada mes -como el anillado de 25 especies diferentes de aves en noviembre- y rincones por toda la finca donde relajarse, como un mirador que domina Galilea o un telescopio para descubrir las estrellas. Todo en este alojamiento mágico está pensado para proporcionar una atmósfera de armonía que regenera cuerpo y espíritu.

Además, tiene dos cabinas dobles de spa escondidas en un lugar tranquilo de la finca, una galería que expone obras de artistas locales; una granja con diferentes especies de animales donde la reina indiscutible es Chuka, una cabrita que vive a capricho; una quesería, una chocolatería, o una fábrica de jabones orgánicos que se utilizan exclusivamente en el hotel.

Pero lo más sorprendente, quizá, es un completo ‘rincón verde' en la planta baja, donde los huéspedes pueden prepararse gratuitamente tisanas a cualquier hora, en el que hay siempre hierbas frescas de todas las variedades imaginables.

El lujo presente en todo el alojamiento se resume, sin duda, en las vistas indescriptibles desde las terrazas y en el cuidado exquisito de los detalles que acompañan en cada momento la estancia del viajero.

Una de las sensaciones más intensas que pueden disfrutarse en este hotel, perteneciente a la cadena Relais & Chateaux, es cenar a la luz de las velas en el Muscat, su restaurante a la carta. Un servicio excelente, música deliciosa, y una terraza para las noches de verano para dejarse atrapar por los sabores del mundo, reinventados en israelí.

Aquí, donde la comida no es kósher, la velada comienza con unos aperitivos de presentación espectacular, acompañados de un pan de foccachia que quita el sentido. Luego, una buena elección puede incluir un Carpaccio de buey con queso parmesano casero, un Pato de la casa con especias étnicas o alguno de sus elaborados platos de setas, acompañado, cómo no, de un vino orgánico; por ejemplo, un chardonnay blanco de las tierras de Galilea. Entre los postres, especialmente buenos, destaca la Torta rellena de queso y chocolate caliente.

as habitaciones y suites del hotel, mientras, esconden sus encantos tras unos números primorosamente pintados a mano y la mezuzá judía que da la bienvenida al viajero en cada puerta. Lo mejor es elegir una con vistas al mar de Galilea donde, según la Biblia, Jesús caminó sobre las aguas.

Veintiún siglos después, el paisaje desde la orilla del lago es espectacular. Catamaranes y barcos de madera pasean a los turistas desde las termas y el basalto de Tiberíades al templo ortodoxo de cúpula roja de Cafarnaum, de la Montaña de las Bienaventuranzas -hoy una plantación de bananas- a los kibutzs de los Altos del Golán.

Aquí no se visitan los edificios, lo importante es el lugar de los acontecimientos. De todas formas, la arquitectura que conmemora los pasajes bíblicos no merece la pena. Sí dejarse llevar por las sensaciones y el silencio fragante que se respira entre buganvillas, mangos y aguacates, plantados a más 200 metros bajo el nivel del mar.

Ya queda poco de la vegetación autóctona. Pinos y algarrobos dejan paso a zonas de cultivos -Israel es pionera en muchas técnicas agrícolas que ha exportado al mundo- y carreteras flanqueadas por las flores amarillas de la mostaza.

Sin embargo, en los últimos 100 años, el proyecto del Fondo Nacional judío, que reúne dinero de colectividades en el exterior, se está dedicando a reforestar en zonas no agrícolas. A ello ayuda la hermosa tradición judía de que, cuando alguien cumple un año fuera de Israel, sus amigos planten aquí un árbol en su nombre.

Es sólo uno de los detalles que sorprenden a quien visita por primera vez el país. Cuando el viaje toca a su fin y llega el momento de abandonar Israel, el viajero no puede dejar de sentir nostalgia de estas tierras, que atrapan y embelesan, a las que ya siempre se quiere volver.

Fuente: Expreso Viajes y Turismo (España)

 
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